El doble tiene su origen mitológico en las aguas estancadas: donde nos vemos reflejados nos reconocemos. El espejo permite el autoconocimiento.

El dopelganguer muestra un amplio pasado literario y y cinematográfico. Desde el romanticismo, con Medardo de Hoffmann, Dr. Jekyll de Stevenson y Dorian Gray de Wilde, hasta nuestros días con Doble de cuerpo de De Palma y La doble vida de Verónica de Kieslowski. Es en el doble donde se basa el concepto de identificación del psicoanálisis, definido por Freud: el doble es lo ominoso, es decir, lo familiar desconocido, lo tan conocido que resulta extraño y produce horror. Para Jung, el doble es la Sombra. Según el dramaturgo sueco Strindberg, si uno ve a su doble significa que va a morir.


La Nicola artefacta existe por obra de mi creación; su alteridad refuerza mi identidad. Dos cuerpos, una sola alma. El mejor encuentro es con uno mismo; mi doble es un antídoto contra la soledad.


Cuando dos elementos llegan a tal nivel de similitud, la relación se vuelve emotiva, la afinidad y familiaridad liberan una energía positiva y empática que se incrementará hasta un punto en que la respuesta emocional se convierte en un fuerte rechazo y negatividad. La Nicola artefacta es un extraño cadáver viviente.


Mi dopelganguer, idéntica a mí pero sin estar embarazada, interactúa conmigo embarazada. Ella aparece escindida de la originaria, y en un momento se torna amenazante y perversa. En la obra de Borges, el doble es un gran tema. Al respecto escribió: “Al otro Borges es a quien le ocurren las cosas [...] Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica”. Años después cambiaría la opinión sobre su doble: “Minuciosamente lo odio. Advierto con fruición que casi no ve”. Uno se odia y se ama a la vez, sin ser más que víctima de sí mismo.